Wednesday, May 24, 2006

El plan Zeta


El director nacional de Rentas, Eduardo Zaidensztat, sacudió esta semana el levemente ondulado paisaje político uruguayo al fustigar un fallo del juez Pablo Eguren.

Su diagnóstico político era atinado. Un país no puede aspirar a la prolijidad fiscal si sus jueces condenan una millonaria evasión de impuestos con penas alternativas a la prisión. Servir el almuerzo a indigentes no parece un castigo eficaz o ejemplarizante para magnates que delinquen por pura avaricia. Tal vez sea poético, irónico. Como un chiste extraño.

Pero Zaidensztat se equivocó en un detalle técnico. Guillermo Álvarez Muiño, Ángel Amelotti, Ricardo Bugarín, Karekim Chifteián y Viken Ganemián no son, aún, culpables, porque el juicio ni siquiera comenzó. Los cinco directores de la cadena de panchos rápidos La Pasiva apenas fueron procesados. La prisión corresponde si hay riesgo de fuga. Si no, no. Ni siquiera si los acusados confesaron, como en este caso, porque el sistema penal uruguayo se basa sobre la premisa de que todos son inocentes hasta que se pruebe lo contrario en un juicio.

Eso, al menos, dicen los papeles. En realidad, la excesiva frecuencia de los procesamientos con prisión, sumada a los meses y años que dura un juicio, representa un castigo para cientos o miles de personas que, según la ley, son inocentes, pues no han sido condenadas.

En este año en que tanta información política surgirá de los tribunales, conviene que los uruguayos se acostumbren a la idea. Tal vez suene mal, pero ni los hermanos Rupenián, ni los Peirano ni los cinco directores de La Pasiva son aún culpables de nada a los ojos de la justicia. Y Zaidensztat, que debió estudiar derecho en la Facultad de Ciencias Económicas, tendría que saberlo.

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La precipitación de Zaidensztat le valió desde cuestionamientos por incoherencia –el senador blanco Jorge Gandini advirtió que al funcionario le faltó contra el Multimedio Plural la garra que exhibió con La Pasiva– hasta un pedido de renuncia por parte de Enrique Rubio, principal portavoz oficialista en el Senado.

Ya le habían llovido reproches cuando manejó sin discreciones la denuncia contra Tienda Inglesa. Pero resulta inevitable. Quien intente detener la evasión fiscal en un país donde tanto se la ha tolerado chocará con supermercados donde todos compran y cadenas de restaurantes donde todos comen.

Hoy, Zaidensztat tiene más presencia en la prensa y mejor imagen que Jorge Batlle y Julio Sanguinetti, dos ex presidentes que pertenecen a su propio partido. Y, mientras los líderes colorados no entienden todavía muy bien cómo se juega a la oposición, el director de Rentas, desde el gobierno, no tiene necesidad de aprenderlo.

Zaidensztat integra el sector del ex ministro de Economía Alejandro Atchugarry, al que Batlle intentó demoler después de que le sacara las castañas del fuego tras la crisis de 2001.

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Ahora resulta que Zaidensztat fue imprudente. La jueza Anabella Damasco, vicepresidenta de la Asociación de Magistrados, no reprobó el error técnico de su análisis del fallo de Eguren, sino su "expresión poco feliz". "Hay que cuidar la forma de decir las cosas", dijo.

El senador Rubio también lo amonestó por no restringir sus críticas al reservado ámbito judicial. "Está lesionando la independencia de poderes" al ventilarlas en público, advirtió. El Frente Amplio no muestra tal simpatía por las tesis de Montesquieu ante los juicios en que la posición del estado es atacada por el estudio jurídico del secretario de la presidencia, Gonzalo Fernández.

Pero la alta exposición resulta funcional a la tarea del director de Rentas. Si algún talento tenía Eliot Ness era su disposición a valerse de los medios de prensa. Ésa fue el arma que le permitió meter preso a Al Capone por evasión fiscal.

Los medios de comunicación y la dirigencia política le dieron alas a Zaidensztat. Batlle le regaló un apodo sonoro. Los caricaturistas lo retrataron como héroe enmascarado. Desde todos los partidos le llovían aplausos.

Ahora, después de alentarlo a actuar como el Zorro, le exigen el recato de Diego de la Vega. O, lo que es peor, la discreción de Bernardo, su sirviente mudo.

Marcelo Jelen